Mi primera maratón

Llegando a la ansiada meta.

Ha pasado casi un mes de mi mayor gesta deportiva hasta el momento y si tuviera que definir en una palabra cómo fue esa primera maratón, sería: satisfacción. Al no prepararme como lo tendría que haber hecho para ir tranquilo y con la confianza de que la iba a terminar, correr 42,195 kilómetros en una ciudad tan dura como Madrid, supone, a nivel personal, todo un éxito.

Haciendo memoria, se me vienen todo tipo de imágenes y de momentos, pero un buen punto de partida es la noche anterior a la madre de todas las carreras. Mi amigo y paisano burgalés, Fernando Alcalde, ya me lo había advertido: “Calleja, descansa la penúltima noche porque antes de la carrera no vas a dormir una mierda”. Y así fue. ‘Ferni’, así es como le llamamos entre los amigos, tenía razón. Esa noche tenía miedo y no paraba de pensar en que podría pasarme algo por no estar bien entrenado. Estaba hecho un amasijo de nervios y solo quería despertarme para empezar a correr y que fuese lo que Dios quisiese.

¡A correr!

Tres cuartos de hora antes de la carrera, había quedado en la salida de metro de Banco de España con varios amigos de Burgos de toda la vida. Rony y Ferni ya habían corrido tres maratones madrileñas pero Miguel Ángel, al que apodamos ‘Jaba’, también se estrenaba esa mañana del 24 de abril de 2016. Marina, sin embargo, repetía en la distancia de veintiún kilómetros.

Hacía frío y tuvimos que taparnos con bolsas de basura. Para coger algo de calor y antes de ir hacia la línea de salida, fuimos a completar el desayuno al café del Círculo de Bellas Artes. Tras el cafecito y una parada obligatoria en los baños, nos dirigimos hacia Cibeles, punto de partida de la 39 edición de la EDP Rock ‘n’ Roll Madrid Maratón 2016.

Ya  no había marcha atrás. Situados en el cajón de las cuatro horas y media, nos encontrábamos calentando junto más de 14.000 locos que esa mañana se iban a meter una veintena y una cuarentena de kilómetros entre pecho y espalda. El ambiente era impresionante. Bajo el cielo despejado y reluciente de Madrid, había gente de todas las edades, y predominaban los grupos de amigos que iban a compartir sufrimiento durante varias horas.

A las nueve en punto se oyó el pistoletazo de salida. Tras el típico embotellamiento antes de cruzar la línea de salida, empezamos a correr y a encontrar el ritmo. Apenas aguantamos un kilómetro todos juntos. Marina se quedó atrás, iba tranquila y a su ritmo. Ferni y Rony, que además de tener la ventaja de la experiencia, habían entrenado mucho y bien, se adelantaron marcando un ritmo bastante rápido. Miguel Ángel y yo íbamos a la par y corrimos juntos desde el inicio, charlando e intercambiando impresiones y consejos.

Los cinco burgaleses en la salida

Los cinco burgaleses. De derecha a izquierda: Miguel Ángel, Ferni, Rony, Marina y yo.

Todo “bien” hasta el kilómetro 33

Los primeros 7 kilómetros fueron de subida, tranquilos y por un recorrido espectacular que nos llevó hasta las Cuatro Torres Business Área por el Paseo de la Castellana, una de las calles con más solera de Madrid. Los músculos ya se estaban poniendo a tono y preparándose para llegar a la primera media maratón.

El aplauso y los ánimos de la gente iban a ser una constante a lo largo de toda la carrera. Parecía que medio Madrid había salido a la calle. Niños con sus padres, novias y novios de los corredores, abuelitos que pasaban por allí o aficionados al running que nos mostraban sus pancartas o gritaban diciendo “vamos, que ya lo tenéis”, formaban parte de un maremágnum de personas que te ayudaban a distraerte, a animarte y a que el tiempo se pasase más rápido.

A un ritmo medio de de unos 5:45 minutos por kilómetro, llegamos a la primera mitad de la maratón, a camino entre el Palacio Real y la calle Ferraz. Habíamos dejado atrás 15 kilómetros no demasiados duros; unos cuantos fueron de bajada y, los más bonitos y emocionantes, fueron los que atravesaban el corazón de la capital española por su histórica Gran Vía y la Puerta del Sol.

Tras divisar a lo lejos el famoso teleférico de la Casa de Campo, comenzamos a entrar el gigantesco parque madrileño por Pintor Rosales. Había escuchado en repetidas ocasiones que esta parte del recorrido era dura, pero no fue así, la verdad. Bien es cierto que cuando pasamos la barrera de los 30 kilómetros bordeando su famoso lago, Miguel Ángel y yo nos miramos y comentamos, “ahora sí que empiezan a pesar las piernas, ¿no?”. En mi caso, todo lo que era correr más de 26 kilómetros me resultaba desconocido y me estaba sorprendiendo a mí mismo por lo “bien” que lo estaba llevando.

Tras pasar por Príncipe Pío y ver de nuevo a nuestros amigos y a mi novia, Ceci, animándonos cerca del kilómetro 32, justo en la salida de la Casa de Campo, las sensaciones eran buenas y estábamos preparados para lo que se avecinaba: la llegada al estadio Vicente Calderón y los últimos 9 kilómetros hasta la ansiada meta.

Del infierno a la gloria

Sin duda, correr al lado de mi amigo Miguel Ángel hasta el kilómetro 33 fue todo un acierto. Nada como hacer una maratón para ponerte al día. Hay tiempo más que suficiente para contarte tu vida y milagros, además de intercambiar una ristra de consejos sobre si tomar ahora o no la glucosa o si hay que decelerar porque “vamos muy rápido y ahora viene lo jodido”.

A la derecha, Miguel Ángel, quien me acompañó durante 33 kilómetros.

A la derecha, Miguel Ángel, quien me acompañó durante 33 kilómetros.

A medida que nos acercábamos al Calderón, las piernas pesaban más, pero había energías y cada vez estaba más convencido de que iba a poder terminar mi primera maratón. Pero fue pasar el puente del Manzaneras, dejar a la derecha el estadio y, una vez ya en el Paseo Virgen del Puerto y antes de llegar a la Calle Segovia, Miguel Ángel siguió a su ritmo y yo ya me quedé atrás. Las fuerzas no eran las mismas y mis piernas me pedían ir más despacio. Parecía que no había pendiente, pero estábamos subiendo constantemente y así iba a ser hasta casi el final de la carrera. Y, claro, eso empezó a hacer mella.

En mi mente no dejaban de sonar las palabras de Rony: “A partir del Calderón es un auténtico infierno”. Y era cierto. El desnivel que había que superar hasta el kilometro 40, justo pasada la Plaza de Colón, era de 90 metros aproximadamente. Cualquiera que lo piense, le parecerá poco, pero cuando llevas más de treinta kilómetros corriendo sin parar, es un esfuerzo titánico si no estás lo suficientemente preparado.

Pirámides, Acacias, Embajadores, Atocha y llegada al Paseo del Prado. Se intuía el final muy cerca, pero no era así. Cuando pasé por Cibeles y dejé a mi derecha y pocos metros la Puerta de Alcalá, sabiendo que aún me esperaba una buena recta hasta Colón, se me cayó el mundo encima. Empecé a acordarme de los organizadores pensando para mis adentros, “vamos a ver, ¿pero no son conscientes de que ya hemos tenido suficiente como para hacer más larga y dura esta agonía?”.

Entre el kilómetro 39 y 40 tuve que ir andando, no podía más. Estaba mareado y creía que me podía pasar algo, así que tomé la decisión de frenar a ver si descansando un poco podía seguir corriendo. Fue una decisión acertada y en el kilómetro cuarenta, cuando vislumbré el parque del Retiro, me lancé hacia la meta. Iba muy tocado y sufriendo hasta límites insospechado, pero había que hacerlo, no quedaba otra.

A ambos lados de la entrada triunfal hacia la línea de llegada de la maratón madrileña, se agolpaban cientos de personas. No paraban de gritar y de empujarnos con su aliento. Vi de nuevo a Ceci y a todos mis amigos, pero apenas pude saludarlos. Casi me iba arrastrando. A pocos metros veía el final de toda una epopeya deportiva y personal. Alcé los brazos, grité “¡vamos!” y paré. Lo había conseguido. Mi primera maratón llegaba a su fin y ahora solo quedaba disfrutar de esta pequeña locura y gloria deportiva con mis amigos. Nos esperaba una comilona bien merecida y una tarde de pijama y orinal.

Artículo publicado en InvernaliaBurgos

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Publicado en Personal y transferible

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