
Diego Hidalgo (París, 1983) es consejero de la embajada de la Orden de Malta en Marruecos y mago profesional, aunque lo que quizá llame más la atención es que no tiene ‘smartphone’ –utiliza un viejo Nokia 3310 que muestra en la foto– y tampoco se comunica por WhatsApp. Hidalgo dedica una gran parte de su tiempo a estudiar cómo nos relacionamos con la tecnología digital. En 2021 publicó Anestesiados. La humanidad bajo el imperio de la tecnología y en 2024 Retomar el control. 50 reflexiones para repensar nuestro futuro digital, dos libros en los que reflexiona, entre otros temas, sobre la adicción al móvil, cómo nuestro comportamiento y cerebro están cambiando por el consumo excesivo de aplicaciones y redes sociales diseñadas para atrapar nuestra atención, o acerca del deterioro en la salud mental que produce el abuso de pantallas. Manifiesto OFF y Por una escuela OFF son sus dos últimas iniciativas, en forma de documentos con propuestas concretas que reclaman un control democrático y ético sobre el despliegue tecnológico.
Durante el trayecto en metro para llegar a esta entrevista, de las 22 personas que nos encontrábamos en una parte del vagón, más del 50% iban mirando el móvil. Desde hace años, este es el paisaje típico. ¿Estamos enganchados al smartphone?
Creo que no hay ninguna duda: colectivamente somos adictos al móvil. La principal diferencia entre la adicción al smartphone con respecto otras adicciones es que está socialmente aceptada, y como es tan dominante, tan común, no tiene ese factor que tienen algunas adicciones de ser socialmente excluyentes, que provoca rechazo e invita a un cambio. Con los móviles inteligentes no lo tenemos.
¿Es una adicción comparable a la del tabaco?
Si partimos del mecanismo hormonal de ambas adicciones, sí. En los dos casos entra en juego la segregación de dopamina, una hormona estímulo transmisora cuya producción genera comportamientos adictivos. Produce una sensación efímera de placer que el cerebro recibe y que interpreta como una recompensa por hacer algo, a la que le sigue una sensación de falta que te invita a reproducir la acción. La imagen más sencilla es dar una calada a un cigarro o la forma en la que haces scroll. Son dos gestos repetitivos con los que segregamos dopamina. Luego están las recompensas aleatorias. Por ejemplo, hace unos años se descubrió que, con las tragaperras, cuanto más aleatoria fuera la relación entre dar a un botón y un resultado concreto, el cerebro menos entendía el mecanismo y más nos invitaba a jugar. Por eso, en las redes sociales, que están diseñadas de este modo, cuando haces scroll y te llega una recompensa –una imagen que te despierta interés en ese momento y te satisface– y después sigues haciendo scroll pero recibes información que te interesa muchísimo menos, vas a repetir el gesto hasta encontrar de nuevo tu recompensa. Gran parte de la industria digital no solo se apoya en este mecanismo, sino que trata de optimizarlo para su propio beneficio. En Silicon Valley, por ejemplo, existe una consultora que se llama Dopamine Labs que ofrece servicios a empresas con el objetivo de maximizar este ciclo de producción de dopamina. Otro aspecto comparable podría ser las consecuencias en nuestra salud. En el caso de las adicciones digitales, desde hace años hay datos que muestran una casualidad evidente con un deterioro profundo de la salud mental: vivimos en una sociedad más ansiosa que sufre más depresiones. Y quizá un tercer punto de comparativa es que sabemos que ambas industrias estaban al corriente de que sus productos y servicios inciden de una forma muy negativa en la salud de clientes y usuarios. En el caso de la industria digital quizá el punto inicial, o lo que se equiparó al tobacoo moment de este sector, fue la filtración de miles de documentos por la exingeniera de Facebook, Frances Haugenl, con los Facebook Files [serie de investigación publicada por The Wall Street Journal en 2021]. Las informaciones mostraban cómo dentro de la ahora Meta estaban al corriente de los daños que causaban Instagram y Facebook entre los niños y jóvenes, entre otros asuntos.
El psicólogo Jonathan Haidt expone en su libro La generación ansiosa «una epidemia de enfermedades mentales entre nuestros jóvenes» como consecuencia de una sobreprotección por parte de los padres y una desprotección en el mundo online. Usted lo menciona en Retomar el control, donde comparte un estudio de 2023 que refleja una correlación entre el momento en el que recibimos el primer smartphone y los problemas de salud mental futuros. ¿Por qué los jóvenes son los más vulnerables?
El estudio de Sapien Labs es muy interesante porque la muestra es de más de 27.000 jóvenes de todo el mundo, de edades entre 18 y 24 años. Los resultados demuestran que cuanto menor es la edad en la que reciben su primer teléfono inteligente mayor es la propensión a sufrir depresión y toda una serie de trastornos psicológicos que van desde la anorexia, lesiones, autolesiones, alucinaciones… Los datos son muy preocupantes porque muestran una sociedad que se encuentra mucho peor que hace unos años. También hay que decir que esta problemática afecta demográficamente al conjunto de la población. Huyo de los discursos que centran todo el problema en los jóvenes y adolescentes como si fueran las únicas víctimas. Sin embargo, sí es verdad que de diversas maneras los jóvenes son más vulnerables desde el punto de vista de la formación neurológica del cerebro. Hasta una edad bastante avanzada, en algunos aspectos incluso hasta los 25 años, el cerebro no está del todo formado para resistir a la presión social, ni tiene una capacidad de inhibición tan elevada como es el caso de un cerebro adulto. Y, sobre todo, los jóvenes tienen que hacer muchas cosas que han podido realizar durante un periodo de la vida de forma analógica y, si las han probado, digamos de forma más autónoma y sin pedir asistencia, creo al menos te da un punto de referencia. Es decir, imagínate una persona que no lee nunca porque en el fondo solo ve vídeos y ya no le interesa leer porque no tiene necesidad de hacerlo. Entonces, si se pone delante de un texto, como hace años que no lee nada, probablemente lo haga mal y de forma poco ágil, pero todavía tendrá las bases y podrá recuperar esta facultad a base de trabajo. Sin embargo, imagina que con los contenidos audiovisuales y el autodictado ya no necesitamos leer ni escribir. Pues un niño que crezca de esta forma y nunca aprenda a leer ni a escribir, si con 40 años quiere leer un texto, evidentemente no podrá hacerlo.
Lee la entrevista completa en ethic.es (Publicada el 30/01/2025).

